Ahora él ya está vestido, ya está listo para salir por esa puerta de madera -qué lejos le parece que está, así, de repente-, o lo estaría si no fuera porque le quedan muchas cosas por hacer en esa casa, muchas cosas que decir y muchos detalles por los que reírse hasta quedarse sin aliento, como siempre hace él. La sigue mirando y empieza a hablar sin dejarse interrumpir, sin parar y parando a la vez, que si lo siento pero tengo que hacerlo, como ráfagas de aire, y quién sabe qué tipo de aire es, si una brisa o una tormenta de verano.
-Sé que es lo mejor. Sé que no hay nada más que podamos hacer, si no queremos seguir como siempre -y ahí está sacando a relucir que yo sí quiero, por favor-, y también que tú te mereces que yo me vaya, que no nos veamos y ya está, pero...
Ella sabe lo que quiere decir. Nos hubiera ido tan bien. Habríamos podido ser tan, tan felices, y reírnos tanto, y besarnos tanto. Qué bien que habría estado. ¿Sí? Sí. Pero joder, es tan difícil aunque parezca tan sencillo que no puede evitar las lágrimas, y la pobre deja que bajen por sus mejillas, procurando estar en silencio.
-¿Me quieres, eh? -pregunta sonriendo. Porque él es así.
-No tienes ni idea -admite la pelirroja
Hay un momento de silencio que es inevitable que ocurra. Ella está casi desnuda, y él tiene una pierna fuera y una dentro, metafóricamente hablando; los dos quieren repelerse pero no pueden hacerlo. La vida es tan hija de puta, piensan a gritos los dos.
-Lo nuestro habría funcionado.
-Claro que sí.
Ya no sabe si lo dice con sarcasmo, si ironiza las palabras o no, y eso que las ha pronunciado ella, pero quiere poder tocarlo y notar que es verdad, que funcionan, que se quieren, que se desean, que se respiran y también que se viven el uno al otro y el otro al uno.
Así que piensa que a la porra todo lo demás y corre, corre hacia él y se lanza a sus brazos, llorando y con la adrenalina en las venas, para besarle con la desesperación que la embarga por tener que aceptar la realidad. Posa sus labios sobre los suyos y aprieta, y muerde, y mete su lengua. Él se hace deprisa con el control del beso y la abraza por la cintura sin dejar que se separe ni un milímetro, moviendo su boca concienzudamente para que queden marcas, cicatrices o lo que sea. Hay magia en esa despedida, aunque sea un tanto amarga. Da igual que sus lenguas al rozarse griten que todo es erroneo; se hacen el amor con los labios, creando una fricción inevitablemente atrayente. Cuando se calman un poco, aún con las respiraciones entrecortadas, le acaricia la cara con dulzura y aprieta su frente contra la de ella. Siempre fue el más alto.
Algo se queda en el aire cuando se oye el portazo. Ha cerrado la puerta.